"Tu valor no es que no te puedan despedir, es que no quieran hacerlo"

Si estás leyendo esto es que me he vuelto a venir arriba, MUY ARRIBA y les he pedido el micrófono a la gente maravillosa de Manfred para contarte lo que he aprendido ahora que si tuviese pelo peinaría canas.
Voy a volver a la filosofía de que debes ser fácil de despedir, pero siendo sincero, la razón es que desde que empecé a trabajar siempre he terminado siendo lo que no quería.
Por eso si tú ya eres lo que querías ser, pues no sigas leyendo y disfruta de la tarde, maja.
Verás, yo estudié para ser programador, en la época en la que los informáticos lo flipábamos con el Neo de Matrix. Me atraía la idea de desarrollar software en un cubículo, en una oficina de esas típicas americanas. Es lo que hay, no me mires así.
Me independicé con 21 años, con mi pareja, tras encontrar trabajo, sí. Eran otros tiempos en los que podías pagar un alquiler, yo qué sé.
El primer empleo que conseguí fue como técnico de campo, reparando hardware. Me pasé 6 años allí. A una media de 400 km diarios en furgoneta.
No fueron 6 años inertes, empecé a estudiar filosofía, aprendí mucho a buscarme la vida para sacar las cosas adelante y autoorganizarme.
Yo no era el mejor, pero ya desde el principio: sitio en el que reparaba algo, intentaba explicar a alguien cómo lo podría haber reparado sin llamarme. Porque no quieres hacerte 150 kilómetros para enchufar un cable, de verdad que no.
Ahora ya no quería programar, descubrí que el soporte me gustaba, envidiaba ser de los que se conectan a tu ordenador en remoto y te lo arreglan, o te sustituyen una pieza solo si hace falta, ser el IT del sótano de una empresa, por ejemplo.
De nuevo mi cruz me llevó a una empresa que valoró mi experiencia con el hardware, y allí pasé, de hacerlo yo, a explicar por teléfono a los empleados de las tiendas de una empresa gigante cómo arreglar sus dispositivos. Y si no lo podían arreglar, escalaba el ticket a la gente que se conectaba en remoto.
En esta empresa conocí gente muy buena y gente terriblemente mala en su trabajo.
Como nunca me atrajo currar a turnos: era a turnos. Nunca quise trabajar de noche: me comí turnos de 5 y 7 noches seguidas frente a la pantalla con los cascos puestos.
En esta empresa se fomentaba enseñar al cliente pero no al compañero. Me explotó la cabeza.
El primer manual que escribí fue sobre iPods. Luego lo amplié. Lo compartí con varias personas, tuvo un éxito relativo, bajo cuerda.
Al año nos ofrecieron clases de inglés porque cuando nos metieron turnos de noche empezaron a llamarnos tiendas de otros países. Un día el mejor de nuestros supervisores bajó a verme mientras tomaba el café, me dijo -¿Tú hablas inglés? - Y yo titubeé que me defiendo -pues mañana te vas al nivel dos de cajas. - ¿Eh?
Justo aquí entendí que saber mucho de un área no es lo que te hace valioso: lo es aportar claridad, estandarizar procesos y hacer que otros puedan funcionar sin ti.
Me pusieron cada día con una persona, especialmente con los que se iban, lo cual creo que fue una suerte para que me diesen más información y adivina de nuevo lo que descubrí: Todos trabajaban diferente.
Había la que sabía más y el que era un maestro en rebotear las incidencias. Había un manual del programa de caja que llevaba cuatro años sin actualizarse. Me pasaron algunas notas sueltas y con eso me soltaron.
Aquí las cosas pasaron muy deprisa. Cogí el manual y lo actualicé. En poco más de un año éramos doce personas y yo era el formador oficial, con el beneficio de que siempre estaba en turno de mañana y dejé de currar los findes. Ni tan mal.
Todo lo que yo hice fue ayudar a los demás a que no pasasen por lo que yo pasé, y de paso conseguí estandarizar la forma de trabajo que quería mi supervisor.
El equipo iba bien, pero nos tuvieron que subrogar a otra empresa y a mi supervisor le contrató la del cliente.
¿Quién vivía bien de formador y NO QUERÍA ser supervisor? El menda lerenda (ya dije que peino canas).
¿Y a quién le ofrecieron el cargo? Claro.
El equipo llegó a ser de 21 personas. En otra oficina de la que también acabé siendo el principal contacto con la empresa para 67 trabajadores.
La filosofía siempre fue la misma, aprender cómo se hacía el trabajo, escribirlo, compartirlo, mejorarlo. Ser transparente. Ayudar a que vivan mejor abajo y escalen arriba.
A un compañero supervisor de otro equipo le quisieron promocionar, pero todo el conocimiento lo tenía él. Era el único contacto, el que solucionaba si algo se salía del abc, al único que el cliente conocía y, por tanto, no lo pudieron mover.
Otro se puso de baja y le tuvieron que llamar casi cada día durante semanas.
Otro se aferró al puesto tanto que le daba información a cuentagotas al equipo para que nadie pudiese alcanzar un conocimiento general de lo que se hacía.
Ellos eran difíciles de despedir, de mover, de sustituir.
Entonces es sencillo, aunque de todos ellos era a mí al que podrían despedir más fácil, creo que sería el último del que querrían librarse.
Pasaron años y el puesto me fue desgastando por muchos motivos, aunque tenía la pena de dejar lo construido, empecé a buscar trabajo.
Me había hecho un perfil, había escrito ya muchos post y descubierto un mundo en el que también se valora compartir y que intentes añadir valor a la empresa y no ser solo un número.
Me ofrecieron irme al área de e-commerce de la misma empresa. No me atraía (qué raro) pero las condiciones se imponían.
Me tocó aprender a gestionar mi tiempo y trabajar en múltiples focos. Volví a programar, aprendí python, automaticé tareas, expandí mi conocimiento sobre el cliente y el negocio de la consultoría.
Lo que hago hoy con mis casi 20 años de experiencia laboral no te lo cuento, pero ya te puedes imaginar que sigo igual, compartiendo lo que sé, aprendiendo y procurando que la cosa funcione.
Ser fácil de despedir es solo un clickbait para que entiendas que un profesional no es imprescindible porque tenga las contraseñas en el cajón o se haya pegado con los casos más raros, lo es porque la empresa puede confiar en él para que el negocio funcione, y que funcione incluso sin él.
No quieres ser el único que sabe algo. Quieres ser la persona con la que la empresa cuenta porque habilita a los demás, hace el trabajo más claro y mejora el sistema.
Ese es el tipo de profesional que nadie quiere perder.
Jacobo Carricoba - Consultor técnico y de sistemas de gestión
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Jacobo Carricoba
Consultor en Ozona Consulting, especializado en la elaboración, auditoría e implantación de herramientas, normas internacionales y sistemas de gestión.