¿Quieres ser influencer o formar parte de una comunidad?

“Eres la persona más amable y supportive que he conocido por internet.”
“Me gusta haber construido ese vínculo de confianza con otras cuentas chulas como la tuya; creo que es lo verdaderamente valioso de estar aquí.”
Hace poco recibí estos mensajes en una cuenta de Instagram donde me dedico a hablar de libros y conectar con gente a quien le interesa lo mismo. No es que yo sea alguien con un talento innato para que otros confíen en mí; recibir estos mensajes fue el resultado de un esfuerzo consciente y constante.
Confieso que no entro a LinkedIn tanto como a Instagram, pero las dinámicas que veo no me resultan tan diferentes. Ambas redes se rigen por la ley de un algoritmo que prioriza cuentas con mucha interacción (likes, comentarios, compartir), aunque sea a costa de contenido superficial, genérico o que encienda nuestras emociones de forma fácil, pero muchas veces innecesaria. En LinkedIn, estas cuentas que prioriza el algoritmo son conocidas como “Top Voices”. En el resto de redes, a estas cuentas las llamamos, simplemente, “influencers”.
Cuando aspiras a entrar o progresar en el mundo laboral, recibes el mensaje de que “estar activo en LinkedIn” es un requisito. Así que lo primero que haces es visitarlo más, ver qué publica la gente. Y lo que LinkedIn te enseña es lo que prioriza su algoritmo, así que cuando tú intentas “estar activo”, publicas cosas parecidas a lo que han publicado los influencers, porque, de tanto verlos, has entendido que esos son los códigos de la comunidad, la forma en la que hay que comportarse para formar parte de ella. Pides likes, seguidores y comentarios porque es lo que hacen ellos. Hay que adaptarse al algoritmo, ¿no?
No.
Al menos, no es un requisito si no eres, o no quieres ser, influencer. Y no es obligatorio querer serlo para formar parte de una comunidad. Las comunidades son redes de personas conectadas por vínculos. Cuando adoptamos los códigos de los influencers, adoptamos también su foco en las métricas y en ser un referente. Adoptamos el deseo de crear vínculos asimétricos: de tener seguidores, no iguales. Esto da lugar a jerarquías, no a comunidades.
Pedir conductas de interacción online sin estar interesados en lo que realmente implica una interacción a nivel humano (conversaciones, preguntas, interés genuino en las respuestas) puede servirnos para convertirnos en influencers, pero no para crear y mantener una comunidad, porque estas se basan en vínculos simétricos.
Un vínculo simétrico requiere implicación, honestidad y generosidad. Este es el trabajo que permite que quienes me enviaron los mensajes del principio me perciban como alguien que emana bondad y fiabilidad. Yo no quiero ser influencer, quiero formar parte de una comunidad. Así que esto es lo que hago:
- Compartir el trabajo de otros que sí quieren ser influencers o usan sus redes como plataforma profesional. Si ya lo han dicho mejor que yo, y si encima mejorar sus métricas les va a ayudar a alcanzar su objetivo personal o profesional, ¿para qué voy a repetirlo yo? ¿Para qué necesito yo los clicks y likes que les vienen mejor a otros?
- Dedicarle tiempo y atención a lo que publican las personas que sigo. Esto implica leer los posts hasta el final antes de dar like, y después comentar o preguntar al autor por privado. Esto sirve a dos propósitos. El primero es puramente egoísta: cubrir mi necesidad de contacto humano y mi curiosidad por las mentes ajenas. El segundo es más altruista: ni necesito ni quiero que recuerden mi nombre; quiero que las personas que crean y hablan desde la honestidad no dejen de hacerlo solo por sentir que a nadie le importará.
- Publicar lo que quiero y cuando quiero en lugar de plegarme a los deseos del voluble algoritmo. Esto me permite vivir libre de sus cadenas, pero también es una decisión consciente respecto a mi imagen pública. Nuestras cuentas en redes sociales reflejan cómo somos y cómo aspiramos a que nos perciban. Y yo pretendo ser una persona que habla cuando tiene algo que decir, no solo por llenar el silencio; alguien que valora la atención que los demás le están dedicando a sus palabras.
Centrados en el objetivo de optimizar métricas más que en el de comunicar, generamos masivamente contenido que valoramos tan poco que le pedimos a una IA que lo cree por nosotros. Lo hacemos porque entendemos que es el código de las redes, cómo debemos comportarnos en ellas para pertenecer. Pero no es un diagnóstico correcto: los algoritmos son las normas de los influencers, no de las comunidades.
La pertenencia a una comunidad no está determinada por lo bien que le caigamos al algoritmo de turno, sino por la densidad y fuerza de los vínculos que nos unen al resto de miembros. Estos vínculos no pueden crearse ni mantenerse con interacciones sin personalidad; los posts de IA generativa y comentarios sugeridos son como las conversaciones de ascensor sobre el tiempo. Inundar nuestros perfiles de este contenido genérico muestra que no nos interesa crear vínculos, que priorizamos encajar en una fórmula frente a considerar si tenemos algo que decir que valga la pena ser escuchado.
Aparte de eso, ¿qué dice de nuestros valores, nuestra experiencia, nuestra perspectiva? ¿Qué hay en ese contenido que permita a quien lo ve hacerse una imagen de nosotros como personas y no como un producto? ¿Y qué dice sobre cómo vemos nosotros al resto de personas de nuestra red?
¿Quieres saber un poco más sobre quién ha escrito este artículo? 👇
Estudió Psicología y un Máster de Metodología de la Investigación para que las preguntas que no para de hacer, a sí misma y a los demás, sean tan útiles y certeras como sea posible. Durante un tiempo aplicó esta búsqueda de respuestas en Data Analytics y actualmente lo hace en procesos de debugging de código y software.