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La IA-etiqueta

Publicado:14/10/2026
Actualizado:14/10/2026
Duración de lectura:11 minutos
Carta cruzada

La carta cruzada

En 1890, un señor inglés, un tal Luis, pidió por favor que la gente dejara de cruzar las cartas, o lo que es lo mismo, que dejaran de girar el papel noventa grados para escribir encima de lo que ya estaba escrito. Lo pidió en un folleto que venía dentro de un portasellos con dibujos de Alicia, la de las Maravillas, en la tapa. Ese señor se llamaba Lewis Carroll.

Para entender por qué hay que pedir algo tan extraordinario (que una carta se entienda), tenemos que retroceder medio siglo. En Inglaterra, durante mucho tiempo, la carta la pagaba quien la recibía. Y se pagaba por hojas. Así que escribías la página entera, la girabas noventa grados y seguías escribiendo encima. Y seguías: dabas la vuelta a la hoja, escribías, girabas y escribías. Intentabas ser considerado, ahorrando dinero al que abría el sobre y, a cambio, él no entendía prácticamente nada de lo que le llegaba.

En 1840 llegó el penny post, una suerte de tarifa plana para cartas: se pagaba por peso, no por hojas, y pagaba quien enviaba. El gesto de cruzar la hoja ya no ahorraba nada. Pero la gente siguió cruzando cartas durante décadas, y por eso Carroll tuvo que ponerse a pedir que las cartas fueran legibles cincuenta años después. La costumbre sobrevivió a su razón de ser y, al sobrevivirle, hizo justo lo contrario de lo que se proponía. Todos, quien más quien menos, hemos escrito algo ilegible.

Cuando era adolescente —me produce vértigo pensar en ese cuando—, enviaba cartas bastante apasionadas, un poco cursis, a alguien de quien estaba enamorado. Pero mi letra era, y sigue siendo, prácticamente ilegible, y la respuesta "gracias por tu carta, pero no entiendo nada" se convirtió en el acuse de recibo. Decidí escribirlas a máquina, y entonces el acuse de recibo pasó a ser otro: "Tus cartas parecen una carta del instituto, no tienen alma". Mi alma no fue una queja hasta que traté de arreglar mi letra.

La primera regla de etiqueta que se inventa en un canal nuevo casi siempre trata de lo mismo: de quién paga el coste de entenderse. Ahora tenemos un nuevo crush, se llama IA, y entenderse con ella es fácil; lo que no es tan fácil es entendernos a través de ella.

Una etiqueta es un acuerdo para entendernos

Cuando alguien habla de etiqueta, pensamos en normas arbitrarias, caducas o incluso clasistas. Nadie coloca hoy los cubiertos en paralelo sobre el plato para que el camarero sepa que ha terminado, ni los cruza para decirle que aún no. Esa etiqueta no es más que un código para separar a quien conoce las reglas del juego de quien no.

Pero hay otras clases de etiquetas. Por ejemplo: cuando escribes un correo y no lo escribes en mayúsculas, eso es etiqueta. Cuando acusas recibo de algo que no vas a poder mirar hasta el jueves, eso también es etiqueta. Silenciar el micro cuando estamos en un meet es etiqueta. Nadie nos lo ha enseñado —pero ojo, alguien lo tuvo que pensar— y sin embargo lo hacemos.

La diferencia entre un tipo de etiqueta y otro cabe en una pregunta: ¿a quién protege esta norma? Si protege al que ya está dentro, es una marca de pertenencia y acaba en un museo. Si protege al que recibe, aguanta décadas y termina siendo invisible.

Dicho de otra forma: una etiqueta es un acuerdo tácito y no vigilado sobre cómo se reparte el coste de entenderse entre quienes comparten un canal. No separa lo que está bien de lo que está mal; separa lo legible de lo ilegible, el entendimiento del malentendido, la conversación del monólogo. Por eso, vista desde fuera, parece un capricho arbitrario, y desde dentro es pura economía: alguien tiene que hacer el esfuerzo, y la norma decide quién.

Las etiquetas que protegen al que ya sabe acaban en un museo; las que protegen al que llega se quedan tanto tiempo que dejamos de verlas.

La netiqueta no fue un momento, fue mantenimiento

En 1994, Virginia Shea publicó Netiquette y un año después el RFC 1855 puso por escrito cómo comportarse en la red. Se suele contar como un momento fundacional, casi pintoresco: unos señores de los noventa explicando que no se grita. Era otra cosa: ingeniería para un canal sin cara, sin cuerpo y sin tono de voz. Las mayúsculas se leen como gritos porque no hay volumen. El smiley que propuso Fahlman en 1982 nació para marcar la broma, que sin cara no se distingue del insulto. El símbolo ">" apareció para que supieras a qué te estaban respondiendo tres días después de haber escrito algo. Los asteriscos y los guiones bajos se inventaron para marcar la negrita y el subrayado que la pantalla no sabía poner, y hoy son Markdown, que es la carrera más brillante que ha hecho nunca una norma de cortesía.

Y aquello no se acabó. Nosotros tuvimos que reescribir nuestra guía de feedback hace un año, siendo treinta personas en remoto y sin ninguna IA de por medio: cómo suena el tono en asíncrono, el acuse de recibo explícito, el emoji fuera de las correcciones y de las peticiones por chat, porque lo que uno pone para suavizar, el otro lo lee como pasivo-agresivo.

Detengámonos en lo que le ha pasado al emoji. Nació para desambiguar y hoy, según dónde lo pongas, hace justo lo contrario: "Necesito tener listo el documento 😉". Igual que cruzar la hoja. Las etiquetas no solo caducan: muchas veces se invierten.

Así que cuando llegó la IA, hicimos lo que habíamos hecho siempre: traducir.

Etiqueta e IA

En Ideable, y creo que no somos los únicos, hace un tiempo empezaron a llegar mensajes con copia y pega de lo que devolvía un modelo. Y empezamos a enviárnoslos, que los mensajes no se envían solos. El comentario que más se oía por los pasillos —virtuales— era este: "Fulanito me ha pegado esto, no lo entiendo, no quiero entenderlo, me está perdiendo el respeto".

Ahora a esto le han puesto un nombre, "slop grenades", la nueva canción del verano.

El orden de las quejas es importante. Primero, no entiendo. Luego no quiero entender. Y al final me faltas al respeto.

Esa última la vivimos en nuestro día a día todos. Es lo que se siente al ver el cartel de las fiestas del pueblo, el menú del bar de abajo y la convocatoria de una manifestación con el mismo aire, la misma luz dorada y los mismos dedos de más. El problema no es que sean feos, que un poco sí lo son. Tampoco que ahora cualquiera pueda hacerse uno, que para quien nunca tuvo a nadie que se lo hiciera es una buena noticia. El problema es que todos son el mismo.

Contra eso sí teníamos respuesta, la misma que Shea: darnos acuerdos explícitos. En julio nos dimos una guía de buenas prácticas, y de ahí salió nuestra etiqueta:

  • Nada de pegado crudo en el chat, en Basecamp, en Jira o en un correo. No es una cuestión de forma: pegar sin revisar se lee como desinterés por quien tiene que leerlo.
  • La redacción final la firmas tú. Si algo lleva tu firma, tú eres el responsable.
  • Y cuando algo sale sin revisar —que pasa, y está bien que pase alguna vez—, se etiqueta "Generado por IA - No revisado", para que el lector pueda posicionarse.

Funcionan. Y las tres van en la misma dirección: proteger a quien recibe. Son Shea reinterpretados, y no pasa nada porque lo sean.

Y aun así, con nuestra etiqueta escrita y cumpliéndose, seguía pasando algo que no tocaba ninguna de ellas.

Lo que no se ve

La netiqueta de Shea tenía, también, una dimensión colectiva. No hagas cross-posting, léete la FAQ antes de preguntar, no quemes el ancho de banda del foro. Pero era una dimensión de consumo: existía un soporte común y las normas evitaban que lo degradaras, y todo ocurría dentro del mismo canal, a la vista de todos.

La dimensión colectiva de la IA, sin embargo, es de producción. Cada conversación con un modelo, que no ve nadie, fabrica estructura —criterios, plantillas, protocolos, documentos, incluso conocimiento— y esa estructura se adhiere a la de la organización sin que haya pasado por ningún canal compartido. Esas estructuras, por cierto, pueden cambiar la cultura sin que nos demos cuenta, pero esta es otra conversación.

Y es tan fácil que da bastante vértigo: basta una idea para crear algo nuevo. Eso, que es un caramelo, puede llevar a que dos o más personas estén resolviendo el mismo problema sin que ninguna sepa qué hacen las otras.

Llevaba un tiempo dándole vueltas a cómo consumimos nuestra documentación interna, todo eso que está escrito y que nadie encuentra cuando lo necesita. En cómo podía usar la IA para convertir información en conocimiento. Probaba herramientas, comparaba enfoques, le preguntaba a un modelo por dónde tirar: agentes que leyeran los procedimientos, encontraran las contradicciones y hablaran con quien preguntase. Iba a hacer un trasto que lo arreglara todo.

Pero un día, en una conversación informal, me entero de que eso ya estaba en pruebas y funcionando: una base de conocimiento conectada al chat corporativo, resolviendo dudas de operativa con un prompt y un documento adjunto. Nadie me lo había ocultado: sencillamente no había tenido ninguna conversación donde eso apareciera.

¿Cuántas veces se está resolviendo el mismo problema dos, tres o cuatro veces en tu equipo, ahora mismo, por caminos diferentes?

Antes, para avanzar en algo así, en algún momento habría tenido que preguntar. Y preguntar hace tres cosas: pone el problema donde otros puedan verlo, actualiza el mapa de quién sabe qué y obliga a que del problema salga un criterio, porque una conversación converge. Con un modelo delante podemos llegar —a priori— tan lejos como queramos sin necesitar a nadie. Ganamos rapidez, pero perdemos todo lo demás.

El riesgo no es acabar —sólo— con dos copias de lo mismo. Es acabar con dos criterios distintos, los dos bien fundamentados, ninguno hablado con nadie. Y como cada uno llega ordenado y con buen aspecto, ninguno se cuestiona.

Esto tiene varios problemas. Algunos son evidentes: el trabajo que se desperdicia, la privatización del aprendizaje. Otro es más sutil, y por eso más peligroso: nuestra empresa se vuelve no determinista.

Preguntas cómo se hace algo y, según a quién preguntes o dónde mires, te llevas una respuesta o la contraria. En software, a eso lo llamamos no determinismo y lo tratamos como un defecto, porque un sistema en el que la misma pregunta da respuestas distintas es un sistema en el que no puedes confiar. Pues eso, pero con personas. Y con la coña añadida de que la herramienta que lo ha provocado —la IA— funciona exactamente así.

Procesos contradictorios ha habido siempre, con IA y sin ella. Lo que cambia es la velocidad a la que aparecen y, sobre todo, que ahora todos parecen igual de buenos.

La netiqueta era una etiqueta de cortesía, y la IA-etiqueta tiene que ser, además, una etiqueta de coordinación: ya no basta con proteger a quien recibe el mensaje, hay que proteger a quien todavía no está en la conversación. Y para eso hay que cuidar los canales por donde pasa lo que vamos decidiendo.

Nuestra guía no decía nada de esto: escribimos las normas para el problema visible, igual que Shea con las mayúsculas. Por eso también proponemos algunas normas sencillas para que la IA-etiqueta abarque esta dimensión colectiva.

  • Declara lo que estás intentando, no solo lo que concluyes. Cinco indagaciones abiertas en paralelo son trabajo en curso que no ve nadie.
  • Distingue lo que has generado de lo que hemos acordado. Es subir la etiqueta un nivel: de los documentos a los criterios para generarlos.
  • Y, la más importante, mira si alguien ya tuvo esa conversación. Y si de la tuya sale algo que sirva a otro, devuélvelo.

Para poner esto en práctica no hacen falta herramientas sofisticadas: basta con un documento de problemas abiertos o un hilo donde publicar en qué estás encallado antes de ponerte a promptear. Y, sobre todo, tener espacios de conversación informal sin orden del día ni actas. Un documento no converge; una conversación sí. Ese espacio sirve para que alguien pueda decir a tiempo: "Oye, espera, en eso mismo estuvo trabajando fulano la semana pasada".

Nada de esto se puede comprobar. Nadie sabe qué estás explorando por tu cuenta si tú no lo cuentas. Lo único que se ve, y tarde, es el resultado. Pero esto no va de vigilar a nadie. Una etiqueta funciona cuando deja de hacer falta recordarla, cuando ya es memoria muscular y nadie sabría decirte cuándo la aprendió.

Las cartas

Dicho todo esto, lo único importante de este artículo es qué pasó con mis cartas.

Pasó que seguí escribiendo a máquina, porque mi letra no tenía —ni tiene— arreglo, pero empecé a añadirle cosas encima: anotaciones en mayúsculas, subrayados, dibujos en los márgenes, alguna pegatina. Las mayúsculas, ahí, no eran gritos. Nada de eso lo habíamos leído en ninguna parte, y a nadie más le habría servido de nada.

Y no se nos ocurrió de golpe. Lo fuimos negociando carta a carta, y cada acuerdo costó antes una carta mal entendida.


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Manuel Cagigas Lago

Matemático de formación, actualmente trabajo como Tech Mentor & Advocate en Ideable. Llevo más de 20 años en el mundo del desarrollo, pasando por distintos roles: desarrollador, Engineering Manager, CTO y COO. De un tiempo a esta parte me dedico a acompañar personas y, por tanto, cambios organizativos. Algunos incluso llegan a producción.